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Silvana Gómez Mercado

La muñeca.

Publicada el 2025-08-182026-02-07

Descubre Lalka de Bolesław Prus, una novela polaca que revela, a través del juicio de una muñeca perdida, las tensiones sociales y políticas del siglo XIX.

Hay libros que parecen contarnos una historia ajena y, sin embargo, nos devuelven nuestra propia cara. Lalka (La muñeca), de Bolesław Prus, es uno de ellos. Les confieso que Lalka llegó a mí por pura casualidad. Conversaba con una amiga sobre mi experiencia en la transformación de la administración pública, cuando de pronto me interrumpió con una recomendación desconcertante, “Debes leer Lalka”. En ese instante no entendí la relación, pero la frase se quedó latiendo en mí, como una de esas pequeñas señales que han estado presentes a lo largo de mi vida, discretas pero insistentes, empujándome siempre hacia donde debo mirar.

Ilustración de una muñeca abandonada en una calle de Varsovia del siglo XIX, inspirada en la novela Lalka de Bolesław Prus y en el juicio de la muñeca perdida.
Imagen creación conceptual y prompt: Silvana Gómez M ©. Representada mediante IACanvas.

A partir de ahí, abrí las páginas de la novela sin imaginar que estaba entrando en uno de los grandes frescos de la literatura polaca. Lalka, de Bolesław Prus, se presenta primero como una historia de amor imposible, Stanisław Wokulski, un comerciante de origen humilde que asciende gracias a su ingenio y fortuna, se obsesiona con conquistar a Izabela Łęcka, una aristócrata empobrecida pero orgullosa que solo vive del eco de su apellido. Él cree que con dinero, prestigio y esfuerzo puede comprar su lugar en aquel mundo; ella lo rechaza una y otra vez, atrapada en un universo de apariencias.

En la superficie, podría leerse como el drama de un comerciante que se enamora de una aristócrata y se estrella contra el muro de las apariencias. Pero en su interior late otra novela, más honda y más incómoda, la de un país que ha perdido el centro, una ciudad bajo dominio ruso, dividida entre nobles arruinados que se niegan a aceptar su ruina, comerciantes que buscan legitimidad, funcionarios que respiran formalismo, artesanos y pobres que sobreviven al margen. Cada personaje representa una capa social, una visión del mundo, un modo de aferrarse al pasado o de soñar con el futuro.

Antes, un pequeño mapa para el lector que nunca ha oído hablar de esta obra. La escribió Bolesław Prus y la publicó por entregas entre 1887 y 1889. El protagonista, Stanisław Wokulski, es un hombre de origen humilde que asciende gracias a su talento, su olfato para los negocios y una fortuna hecha durante la guerra ruso-turca. Regresa a Varsovia con el corazón encendido por Izabela Łęcka, una joven noble empobrecida que vive como si su apellido fuese todavía una carta de crédito inagotable. Wokulski la idolatra, invierte dinero, prestigio y alma para entrar en su mundo; Izabela, sin embargo, lo mira como a un intruso es “un comerciante”. A su alrededor se mueve la ciudad entera, el anciano Rzecki, nostálgico de revoluciones que ya no existen; Ochocki, científico que sueña con un futuro para el que su país no tiene herramientas; comerciantes judíos, nobles que no aceptan su ruina, funcionarios que veneran el sello y el papel. Varsovia, ocupada por Rusia, es un escenario de gas y sombra, de cafés donde se discute Europa y de oficinas donde todo se resuelve con formularios.

En esa Varsovia aparece, en la segunda parte de la novela, un episodio aparentemente menor que, sin embargo, le dio título al libro el juicio por la muñeca perdida. Una niña extravía su muñeca, su familia no la busca en silencio ni compra otra; lleva el caso a los tribunales. El aparato judicial se pone en marcha con todo lo que significa, declaraciones, testigos, actas, sellos, solemnidad. Se habla de responsabilidades como si se tratara de una herencia o un litigio de tierras. Mientras tanto, la ciudad sigue bajo dominación extranjera, las tensiones económicas aprietan, la aristocracia se cae a pedazos y la burguesía intenta nacer sin legitimidad. Y sin embargo, allí están todos, ocupados con la muñeca.

Cuando leí ese capítulo entendí que Prus no estaba contando una anécdota pintoresca. Estaba tensando un espejo, me vino a la memoria la lectura de El Antiguo Régimen y la Revolución, de Alexis de Tocqueville, y las reformas que Turgot intentó impulsar en la Francia de Luis XVI. Eran cambios necesarios, acabar con privilegios feudales, reformar los impuestos, abrir la economía. Pero fueron rechazados por la nobleza y frenados por el propio rey. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido si hubiesen prosperado tal vez Francia habría seguido otro rumbo, más gradual y menos sangriento. Lo cierto es que, al bloquear lo esencial, dejaron el camino abierto para que la energía social se desplazara hacia la ruptura. Y cuando el estallido llegó, los jacobinos lo radicalizaron con la intensidad que todos conocemos. (Este tema lo desarrollo con más detalle en otro artículo; si les interesa, con gusto les comparto el enlace). Ver. El Antiguo Regimen y la Revolución

Lo que Tocqueville muestra en Francia, Prus lo retrata en Varsovia, cuando un pueblo pierde la posibilidad de transformar lo que importa, empieza a concentrar toda su fuerza en símbolos huecos. Y así, una muñeca perdida se convierte en caso judicial, objeto de chismes, apuestas y solemnidades. La burocracia respira tranquila, porque puede demostrar su seriedad. La pequeña burguesía siente que tiene voz. Los nobles observan desde sus ruinas. Y la ciudad entera finge estar ocupada en un asunto vital, cuando en realidad solo rodea el vacío.

Lo que muestra es brutal, la forma devorando el fondo. Una sociedad que ha perdido la capacidad de resolver lo esencial convierte lo trivial en solemne. Una administración criada en el formalismo confunde justicia con procedimiento. Una familia que no tiene poder se aferra al único instrumento que le promete reconocimiento, el ritual del Estado. Y alrededor, cada clase social revela su reflejo. La muñeca es un juguete, sí; pero también es el punto donde se condensa una ciudad entera.

Podría detenerme aquí y bastaría para justificar el título Lalka. Pero lo que me inquieta —y quiero compartir— es otra lectura que me acompaña desde entonces. La muñeca no es solo un símbolo de Izabela, de Polonia o de Wokulski. La muñeca es el objeto de amor y de apego sin el cual una vida se siente invisible. La niña la pierde y su familia no puede aceptarlo. No quieren “otra igual”, quieren esa muñeca, porque solo recuperándola sienten que su existencia vuelve a cuadrar, que el mundo responde, que alguien —una institución, un juez, la sociedad— les devuelve lo perdido. La muñeca es pertenencia. Y, en esa dimensión íntima, el juicio se vuelve comprensible, cuando lo único que tengo para afirmarme en el mundo desaparece, lo convierto en causa. Voy hasta el final. Lo elevo a acto público. Pido que me miren.

Es aquí donde los símbolos se enlazan y dejan de ser “interpretaciones sueltas”. Izabela Łęcka es una muñeca, no porque sea frívola, sino porque su lugar en el mundo ya no depende de su interior, sino de manos ajenas; su apellido, su círculo social, un teatro de salones que se cae sin que ella lo advierta. Polonia es una muñeca; en manos de potencias que la reparten, la visten y la posan para la foto de otro imperio. Wokulski es una muñeca; cree manejar su ascenso, pero en realidad lo mueven hilos invisibles —su obsesión amorosa, la mirada que lo niega, la estructura social que le ofrece puertas, sí, pero no un asiento—. Y entonces la imagen termina de cerrarse; todos somos la muñeca.

Todos hemos sido, alguna vez, el objeto en manos de fuerzas que no controlamos; una familia que nos define, un Estado que nos clasifica, una pasión que nos arrastra, una pertenencia que nos da nombre. Y, al mismo tiempo, todos buscamos nuestra muñeca; ese objeto, ese vínculo, ese símbolo que nos devuelve el sentido cuando lo perdemos.

Si acepto esta lectura, la escena del tribunal ya no es una sátira sobre la nimiedad, sino una radiografía de la necesidad humana de reconocimiento. La familia acude a la justicia no por capricho, sino porque allí espera una confirmación pública; “existimos, y lo que amamos importa”. Los funcionarios, obsesionados con la forma, no son caricaturas, son los sacerdotes de una liturgia que promete orden en un mundo roto. Los espectadores hacen apuestas y reparten comentarios porque el vacío también se llena con palabras. Lo que se juzga no es un juguete; es la pregunta por qué cosas sostienen la vida cuando lo grande —la soberanía, el futuro, la comunidad— no está en nuestras manos.

¿Exagera Prus? A mí me parece que no. Simplemente hunde el bisturí lo suficiente como para mostrar que el problema no es la burocracia en sí (que a veces protege), ni la clase social (que existe), ni la psicología de un personaje (que explica pero no absuelve). El problema es el desplazamiento cuando un ritual sustituye a la realidad, cuando una forma vacía ocupa el lugar del mundo común, cuando una sociedad entera aprende a tomarse en serio lo que no importa porque ya no puede decidir sobre lo que importa de verdad. Ahí muere la política y nace el teatro.

Vuelvo a la niña, a su muñeca y a la familia que la busca con terquedad. Me emociona que no quieran otra, yo no querría otra y mucho menos aceptaría otra. En esa obstinación hay dignidad, no todo es reemplazable. Lo que me asusta es el precio que la ciudad paga por esa verdad, cuando el reconocimiento solo puede llegar a través de una ceremonia interminable, la vida se vuelve expediente. Y nadie vive entre sellos. Nadie respira entre actas. Nadie se enamora —de verdad— con un formulario.

Me detengo un instante en los tres ejes que más se citan al hablar del título. Izabela como muñeca, no es simplemente “superficial”, es dependiente. Su valor nace de cómo la posan los otros, no de lo que sostiene en sí. Polonia como muñeca, un país que, mientras otros deciden su destino, aprende a habitar el papel de objeto y a sobrevivir con la única herramienta disponible, el formalismo. Wokulski como muñeca, un hombre que cree que comprando telas finas, negocios, gestos, comprará también un lugar en el salón. Pero el salón no se compra, se concede, y a él no se lo conceden, recuerdan a las hermanas Bejarano, aca les dejo el link. Aun así, los tres —Izabela, Polonia, Wokulski— ansían su propia muñeca, el vínculo que los valide, el espejo que les devuelva una imagen habitable. En ese cruce de dependencias, la tragedia se vuelve inevitable.

¿Y hoy? Me pregunto si el mecanismo ha cambiado. Las muñecas son otras —papeles nuevos, palabras nuevas—, pero el teatro se reconoce, la solemnidad con la que discutimos asuntos minúsculos para no tocar el nervio de lo esencial; la fe en que un procedimiento sustituirá la falta de comunidad; la necesidad de “esa” muñeca y no de “una igual”. Tal vez sea una condición más extendida de lo que creemos, no patrimonio de una nación ni de una época. Lo digo desde mi propia biografía, desde el desplazamiento de quien vive entre mundos: cuando el suelo tiembla, uno se agarra a lo que tiene a mano. Una palabra, un rito, un papel, una promesa. Una muñeca.

Si llegaste hasta aquí y no has leído Lalka, me gustaría que lo hicieras con esta clave. No te obsesiones con el amor imposible de Wokulski como si eso agotara la novela; míralo como un hilo que Prus tiende para coser otras telas, el choque de clases, la nostalgia como prisión, el progreso soñado que no encuentra casa, la ciudad convertida en pasillo de oficinas, el país reducido a objeto, las personas en busca de un lugar. Y cuando aparezca el juicio por la muñeca, no lo pases por alto como un chiste costumbrista. Ahí está el corazón del libro. Ahí se entiende por qué una novela tan vasta se llama así. Porque esa muñeca —la de la niña, la de la nobleza, la del país, la de Wokulski, la nuestra— concentra el drama: la lucha por recuperar un centro que creemos perdido y, en esa lucha, la tentación de convertir el rito en sustituto del mundo.

Termino con una imagen. Imagino la sala del tribunal, maderas oscuras, un juez que ordena, un escribiente que anota, testigos que juran, el murmullo del público que espera la sentencia. En el centro, una ausencia, la muñeca. Y sobre esa ausencia, la ciudad apoya un edificio entero de palabras. Tal vez no haya mejor definición de nuestra fragilidad, edificamos solemnidades alrededor de aquello que amamos y tememos perder. Y sin embargo, si escuchamos con cuidado, entre los sellos y las fórmulas, se oye otra cosa, el deseo de ser vistos, de pertenecer, de volver a casa.

Por eso Lalka no es solo una crítica; es también una plegaria. Una que, más de un siglo después, todavía nos atañe. Porque en algún punto del camino, todos hemos sido la niña sin su muñeca. Y todos, de un modo u otro, hemos llevado ese vacío ante un juez.

Escrito por Silvana Gómez, abogada, investigadora en procesos de transformación y migración, especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario, y fundadora de Centro Latino. Para más artículos sobre memoria histórica, justicia transicional, reconciliación y migración, visita silvanagomez.com.

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