En estos días circula en redes sociales un pantallazo de una conversación con una inteligencia artificial. La pregunta era sencilla: “¿Hace cuánto fue 2015?”. La respuesta, en cambio, terminó convertida en meme: “No fue hace 10 años, porque hoy es 16 de septiembre de 2025… y por eso son 10 años”.
Una frase que se muerde la cola, que niega y afirma al mismo tiempo, y que ha hecho reír a miles de personas.
La risa, claro, no está en el dato —que es correcto— sino en lo absurdo de la explicación. Y ahí está el detalle: vivimos en un tiempo donde lo absurdo se viraliza más que lo evidente, donde la confusión divierte más que la claridad.

El fenómeno no termina ahí. Hace poco alguien presentó como “innovación ecológica” una técnica para secar ropa usando energía solar y fuerza eólica. Sí, tender la ropa al sol y al viento de toda la vida. Lo mismo que hacían nuestras abuelas, lo mismo que en muchos países se asocia todavía con pobreza o falta de modernidad. Ahora, rebautizado como “sostenibilidad”, parece un hallazgo revolucionario.
Aquí aparece un concepto clave: la banalización de lo obvio y la espectacularización de lo cotidiano. Lo que antes formaba parte del sentido común se convierte en “descubrimiento”; lo que era una rutina sin brillo se presenta como tendencia, innovación o revolución.
Esto no ocurre por casualidad. Se mezcla con una crisis de referentes históricos y de memoria colectiva. Cuando olvidamos cómo se vivían las cosas antes —cuando la experiencia de tender la ropa al sol ya no está en nuestra memoria inmediata, o cuando no reparamos en lo simple de contar los años entre 2015 y 2025—, lo básico nos sorprende como si fuera extraordinario. Y así lo trivial se vuelve noticia, lo absurdo se vuelve meme, y lo obvio se vuelve espectáculo.
Podemos llamarlo un desfase de sentido común. Vivimos en una época donde necesitamos que nos expliquen lo evidente, donde lo cotidiano nos parece novedad si alguien lo presenta con envoltorio tecnológico o con un lenguaje rimbombante.
Y entonces queda la pregunta: ¿qué hemos perdido para que esto nos cause risa, sorpresa o fascinación? ¿Qué nos dice de nosotros que lo que siempre estuvo allí tenga que volver disfrazado para captar nuestra atención?
No es solo un chiste. Es un espejo. Nos revela que el presente está marcado por la fragilidad de la memoria, la desvalorización de la experiencia cotidiana y la facilidad con la que nos dejamos seducir por la espectacularización de lo mínimo.
Quizás la reflexión que queda es esta: recuperar el sentido común también es un acto de resistencia. Recordar lo obvio, valorar lo sencillo, no dejar que nos vendan como innovación lo que siempre estuvo allí.

Cuando a estudiantes actuales se les pide que imaginen “hace 40 o 50 años”, muchos viajan mentalmente a la Segunda Guerra Mundial, a trenes de carbón, a calles sin electricidad moderna, a fotos en blanco y negro… Como si el tiempo histórico se hubiera comprimido en un paquete de “pasado lejano” que empieza y termina en la primera mitad del siglo XX.
Pero cuando se les dice que hace 40 años estábamos en los años 80, con computadoras personales (no tan potentes como hoy, pero reales), con música pop y rock globalizada, con películas como Superman o Wonder Woman, con walkmans, máquinas de escribir eléctricas y hasta los primeros videojuegos caseros, la reacción es de sorpresa, casi de incredulidad.
Ese asombro revela algo importante: no solo se banaliza lo obvio y se espectaculariza lo cotidiano, también se distorsiona la percepción del tiempo histórico. Las nuevas generaciones heredan un relato fragmentado, lleno de huecos, donde los años 80 parecen tan lejanos como los años 40, y donde la Segunda Guerra Mundial, por la fuerza de su presencia en películas, documentales y redes, aparece más “cercana” que la vida de nuestros padres en la era del cassette.
En otras palabras, lo que falla no es solo el cálculo de años —eso lo da una simple resta— sino la imaginación histórica: la capacidad de situar la vida cotidiana de hace cuatro o cinco décadas en su verdadera dimensión.
Y ahí volvemos al mismo diagnóstico: vivimos en una época donde el sentido común se desfasa porque se pierde el anclaje de la memoria colectiva. Cuando no hay memoria viva transmitida —cuando lo que sabemos de los 80 proviene más de estéticas retro en Netflix que de relatos familiares—, lo cercano se vuelve ajeno y lo evidente se convierte en sorpresa.
Esto también se conecta con el núcleo de este artículo, nos reímos de la IA que “no sabe” si 2015 fue hace 10 años, pero nosotros mismos quedamos descolocados al darnos cuenta de que hace 40 años no eran tanques en Normandía, sino Madonna, Atari y Macintosh.

Escrito por Silvana Gómez, abogada, investigadora en procesos de transformación y migración, especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario, y fundadora de Centro Latino. Para más artículos sobre memoria histórica, justicia transicional, reconciliación y migración, visita silvanagomez.com.