En mi casa, el día no lo marca el reloj, sino las pequeñas rutinas felinas: el sonido suave de unas patas sobre el piso, un maullido grave de Kassandra reclamando atención, la mirada verde y paciente de Jagoda esperando junto a la ventana. Y en mis recuerdos, siempre, la presencia dulce y silenciosa de Dora.
Dora ya no está físicamente con nosotros, pero su ausencia pesa. No lo notamos de golpe, sino en esos detalles que, sin ella, dejaron de suceder. Porque Dora, aunque discreta, era la jefa. No imponía su autoridad con gruñidos ni zarpazos; simplemente mantenía el orden. Y cuando faltó, la casa se sintió… desacomodada.
El vacío que no se puede llenar
Los primeros días después de que Dora se fue fueron extraños. Jagoda y Kassandra parecían desorientadas, como si alguien les hubiera movido las paredes de su mundo. Corrían como loquitas por la casa, olfateaban debajo de la mesa, revisaban su alfombra una y otra vez.
Esa alfombra… ahí dormía Dora como si fuera su trono silencioso. Desde que ella no está, nadie la ha ocupado. Bueno, nadie excepto Kassandra, que a veces se acuesta frente a ella, mirando el espacio vacío como si esperara que en cualquier momento su hermana apareciera. Es una imagen difícil de describir; hay que verla para creerla.
A veces, por costumbre o por error, la llamo: “¡Doraaa!”. Otras veces lo hago a propósito, para ver qué pasa. Y siempre ocurre lo mismo: Jagoda y Kassandra se ponen en alerta, vienen corriendo y se quedan mirando hacia atrás, hacia la puerta, hacia el balcón… esperando. Como si en cualquier momento la verdadera jefa fuera a entrar caminando con esa calma suya, devolviendo el orden a la casa.
La coreografía del cariño
Cuando las veo dormir juntas, no puedo evitar pensar que todavía están, de alguna manera, incluyendo a Dora en ese abrazo invisible. No importa si es una pata sobre el lomo de la otra o un enredo de colas: siempre hay un huequito que parece estar reservado para ella.
Dormir juntas no es casualidad. Es una coreografía invisible, una danza que solo bailan quienes confían plenamente. En ese abrazo silencioso está la misma certeza que había cuando Dora estaba: la seguridad de que, mientras duermes, alguien cuida de ti.
Calor, memoria y lecciones en silencio
Puede que parte sea costumbre, y parte instinto. Puede que sea el calor lo que las empuje a juntarse. Pero creo que, en el fondo, es memoria. Una memoria hecha de gestos, de olores compartidos, de rituales que nacen de la convivencia.
Verlas me recuerda que la confianza y el afecto no siempre necesitan palabras. A veces basta un roce, un silencio compartido o, como ellas me enseñan cada día, un sueño en compañía.
Apunte felino – Lo que dice la ciencia
El dormir juntos y acicalarse mutuamente es un comportamiento llamado allogrooming, herencia de la vida en camada. Sirve para reforzar vínculos, unificar el olor del grupo, mantener el calor y generar hormonas como la oxitocina, que reducen el estrés.
En la naturaleza, esta cercanía también ayuda a detectar peligros antes. En casa, sin depredadores que temer, se transforma en un ritual de amor y pertenencia. Y aunque Dora ya no esté para coordinarlo todo, ese hábito sigue vivo, como un eco que las mantiene unidas.
Escrito por Silvana Gómez, abogada, investigadora en procesos de transformación y migración, especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario, y fundadora de Centro Latino. Para más artículos sobre memoria histórica, justicia transicional, reconciliación y migración, visita silvanagomez.com.