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Silvana Gómez Mercado

Las Sirenas: la batalla por nuestra atención comenzó hace casi tres mil años.

Publicada el 2026-08-032026-08-03

«Ven acá, ilustre Odiseo, gloria de los aqueos. Detén tu nave y escucha nuestra voz… Sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda.»
Homero, La Odisea, Canto XII

Antes de entrar al cine para ver La Odisea de Christopher Nolan, estaba almorzando con una amiga. Entre hamburguesas y una conversación que parecía completamente ajena a Homero, terminamos hablando de las redes sociales, los algoritmos y la forma en que hoy consumimos información.

Me decía que antes podía leer una noticia, un artículo o interesarse por un tema concreto sin que eso significara quedar atrapada en él durante semanas. Hoy, en cambio, basta detenerse unos segundos frente a un vídeo o leer un artículo hasta el final para que el algoritmo decida qué debemos seguir viendo, leyendo y pensando.

De pronto aparecen decenas de vídeos sobre el mismo tema.

Más noticias. Más opiniones. Más análisis. Más personas diciéndonos cómo interpretar la realidad. Da igual que la información sea verdadera o falsa. Lo importante es que consigue ocupar nuestra atención. Vivimos en una economía donde el recurso más valioso ya no es el petróleo, el oro ni siquiera la información.

Es la atención humana.

Porque quien consigue capturar nuestra atención termina influyendo, tarde o temprano, en nuestras decisiones. Pero hubo una pregunta que no dejó de dar vueltas en mi cabeza.

¿Seguimos eligiendo realmente aquello a lo que prestamos atención o hace tiempo cedimos esa decisión a una máquina?

Entré al cine pensando en algoritmos. Salí pensando en Homero.

Y fue precisamente entonces cuando comprendí que quizá ambas conversaciones hablaban del mismo problema.

Las Sirenas nunca desaparecieron

Mientras avanzaba la película llegué al episodio de las Sirenas. Y, de repente, todo comenzó a tener sentido. Las Sirenas nunca desaparecieron. Lo único que hicieron fue aprender un nuevo lenguaje. Ya no viven sobre unas rocas perdidas en el Mediterráneo. Ahora habitan dentro de nuestros teléfonos móviles. Pero antes de desarrollar esa idea decidí volver al texto de Homero.

Y fue allí donde descubrí un detalle que durante años había pasado completamente desapercibido.

Lo que realmente prometían las Sirenas

Siempre nos enseñaron que las Sirenas representaban la tentación.

El placer.

La seducción.

Sin embargo, eso no es exactamente lo que dicen.

Cuando Homero pone palabras en su boca, las Sirenas no prometen riquezas. No prometen poder. Ni siquiera prometen placer.

Prometen conocimiento.

«Sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda.»

Es una promesa extraordinaria. No invitan a Odiseo a pecar. Lo invitan a saber.  A conocerlo todo. A obtener respuestas. A comprender el mundo. Y quizá esa sea la primera gran enseñanza del episodio. Las mayores tentaciones no siempre se presentan como algo malo. Muchas veces se presentan como algo bueno. Como algo útil. Como algo inteligente. Como algo imprescindible.

La promesa del siglo XXI

Tres mil años después seguimos escuchando exactamente la misma promesa. Internet nos promete conocimiento ilimitado. Google promete respuestas. YouTube promete aprender cualquier habilidad. Las redes sociales prometen mantenernos informados. La inteligencia artificial promete responder cualquier pregunta. Nada de eso es malo por sí mismo.

El problema comienza cuando la búsqueda permanente de información termina sustituyendo aquello que habíamos decidido hacer con nuestra vida. Las Sirenas no destruyen el barco. No obligan a cambiar el rumbo. Simplemente consiguen que el navegante deje de avanzar. Y quizá ahí reside el verdadero peligro. No perder la vida. Sino perder el propósito.

Christopher Nolan y la atención

Mientras veía la película no pude evitar recordar que esta preocupación aparece, de una forma u otra, en gran parte de la filmografía de Christopher Nolan.

En The Prestige, el verdadero truco nunca ocurre sobre el escenario.

El ilusionista no hace desaparecer un objeto. Hace desaparecer nuestra atención. Nos obliga a mirar exactamente donde él quiere.

En Inception, la batalla tampoco ocurre con armas. Ocurre dentro de la mente. Quien consigue implantar una idea termina modificando las decisiones de otra persona. Quizá por eso el episodio de las Sirenas me resultó tan actual. No porque Nolan diga explícitamente que representan los algoritmos.

Sino porque invitan a pensar en un problema que atraviesa buena parte de sus películas:

¿Quién controla aquello a lo que prestamos atención?

El verdadero cambio de Odiseo

Pero el episodio es todavía más profundo. Después del encuentro con el Cíclope, Odiseo ya no es el mismo hombre. Antes confiaba plenamente en su inteligencia. Ahora ya no. Ha descubierto que incluso el héroe más astuto puede ser derrotado por su propio ego. Y esa lección cambia completamente su actitud. Odiseo acepta algo que muy pocos seres humanos estamos dispuestos a reconocer. No podrá resistirse.

No dice:

«Seré fuerte.»

No dice:

«Tengo suficiente voluntad.»

Hace exactamente lo contrario. Reconoce su debilidad. Y esa confesión lo convierte, paradójicamente, en un hombre mucho más sabio.

El mástil

Entonces toma una decisión extraordinaria. Ordena que lo aten al mástil. Y da una instrucción todavía más sorprendente. Si durante el viaje les suplica que lo liberen…

No deberán obedecerlo. Incluso si él mismo lo ordena. Deberán apretar todavía más las cuerdas. Nunca había pensado que esa escena hablaba tan poco de las Sirenas y tanto de nosotros. Odiseo toma una decisión racional para protegerse del momento en que dejará de ser racional. No confía únicamente en su fuerza de voluntad. Construye un sistema que lo proteja incluso de sí mismo.

Todos necesitamos un mástil

¿Qué representa hoy ese mástil? Cada persona tendrá una respuesta distinta. Puede ser la familia.

La fe.

Una comunidad.

Una promesa.

Un código ético.

Una rutina.

Un mentor.

Un horario.

Incluso la decisión consciente de apagar el teléfono durante unas horas. El mástil representa aquello que construimos cuando todavía somos dueños de nosotros mismos para protegernos del momento en que dejemos de serlo.

Una idea que Homero parece anticipar

Mientras preparaba este artículo comprendí algo que me hizo admirar todavía más la arquitectura de la Odisea. Las Sirenas no hacen olvidar Ítaca. Solo capturan la atención de Odiseo. Quienes realmente harán olvidar el deseo de regresar serán los lotófagos. El orden no parece casual. Primero perdemos la atención. Después perdemos el propósito.

Quizá Homero entendió hace casi tres mil años un mecanismo psicológico que seguimos viviendo todos los días. Nadie abandona su camino de un solo golpe. Primero deja de mirarlo.

La verdadera libertad

Nuestra época suele identificar la libertad con la ausencia de límites. Homero parece sugerir exactamente lo contrario. Solo quien acepta ponerse límites voluntariamente puede conservar la libertad cuando aparezcan las verdaderas tentaciones. Las Sirenas nunca intentaron convencer a los navegantes de hacer el mal. Intentaban convencerlos de detener el viaje.

De escuchar una canción más. De conocer una respuesta más. De permanecer un poco más. Y tal vez ese siga siendo el mayor desafío del siglo XXI. No que existan demasiadas Sirenas.

Sino que hemos comenzado a confundir información con sabiduría. Sabemos cada vez más cosas. Pero cada vez resulta más difícil responder una pregunta mucho más sencilla.

¿Hacia dónde nos dirigimos?

La mayor amenaza para un ser humano no siempre es la ignorancia. A veces es la incapacidad de apartar la mirada de aquello que captura su atención y recordar cuál era el puerto al que había decidido llegar antes de escuchar cantar a las Sirenas.

Donde está tu atención, comienza tu acción. Donde permanece tu acción, comienza tu destino.

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